sábado, 13 de abril de 2013

Bienvenidos


Tengo dos sillas de playa en el salón,
todavía con arena del penúltimo verano,
junto a una caja de cartón invertida
haciéndose pasar por una mesa
de último diseño.

Sobre unos palés de madera,
un colchón, que salvé
de los pies de un contenedor,
con la silueta de los cinco continentes
estampada, en tonos ocres,
sobre su barriga.

En una pila de libros de páginas cobrizas,
una vieja lámpara parpadeante
que se olvidaron los antiguos inquilinos.
Un lebrillo de barro en la cocina,
con platos y cucharas que sobraron
de algún cumpleaños familiar.

Una concha de cenicero.
Un cuervo de mascota.
Tus bragas de ambientador.

Una lata de cerveza como alcancía.

Guardo, aún, la ropa doblada dentro de la maleta.
He colgado mis primeros dibujos de niño
por el pasillo,
y por detrás de una carta del banco
he escrito: -Bienvenidos-
y lo he puesto a la entrada.

Los espíritus tallaron sus tristes figuras por las paredes
y se han quedado a morir aquí,
donde los dioses sólo son esclavos del Hombre,
igual que los relojes, del tiempo.

 Lo siento, pero no pienso amueblar la casa,
sin amueblarme, primero, la cabeza.

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