jueves, 2 de agosto de 2012

Con los pies sucios de andar por casa

                                                               (DESCUBRIENDO A ROGER WOLFE)
                                 Otro eterno adolescente borracho de la mejor calaña, fotografiado abajo.

Hoy se me vino a la cabeza el mejor verso en mucho tiempo,
pero ya lo había escrito Roger Wolfe diez años atrás.
Hoy me crucé con un amigo que sacaba dinero de un cajero,
y al que le debo treinta y cinco pavos desde hace dos años.
Se me acercó una estudiante en la puerta del instituto
a pedirme fuego y me habló de usted.

Hoy he leído el horóscopo con la resignación del que lee
un programa electoral.

Hoy estaba dispuesto a pasar hambre,
pero me esperaba un plato caliente
en una esquina de la mesa.
He visto una de esas películas de Antena 3
de los sábados por la tarde
y me ha hecho llorar.
Me he descubierto cuatro canas
abriéndose paso entre la espesura.
y he deseado la muerte a dos tertulianos del Sálvame.

Hoy me he fijado en el culo de la novia de mi amigo
y no está nada mal.

Quise aprender de aquellos que callan para otorgar,
hasta abominar de los que otorgan para no molestar.
Me han amenizado la cena las sirenas de una patrulla de policías.
Hoy caí en la cama con las sombras de mis antepasados
esculpidas en los párpados del alma.

Un día por el que nadie preguntará en los días venideros.
Un día con la anemia instalada de los márgenes de una página en blanco.
Un día sin pie de foto.
Un día menos. Un día más.
Un día con los pies sucios de andar por la casa.

Un día para olvidar.

Náufrago

                                         (DESCUBRIENDO A CHARLES BUKOWSKY)
                           El viejo adolescente borracho que aparece en la fotografía

Posó sus brazos sobre la barra de aquel suburbio
con las ansias de un náufrago
que encuentra un trozo de madera en medio del océano.
Perseguido por los acreedores de la locura,
-con la corbata desahogada a una cuarta del cuello-
y un enjambre de murciélagos
carcomiendo las cuencas de sus ojos.

-Póngame un trago de lo más fuerte
que tenga en esa estantería, caballero- dijo,
a la vez que apuntaba con su dedo al frente.

Después de barrer con la mirada
aquella cristalera, buscando un licor
a la altura de las exigencias del cliente,
agarró una botella de lejía
que la noche anterior
dejó en el último estante
y rebosó la copa
antes de acercársela a las manos
de aquel hombre oscuro y triste.

De un sorbo,
se encharcó la boca.
Cerró los ojos antes de que se le fuera la mirada,
como si una catana le hubiese atravesado las costillas.
Posó su frente sobre la barra
con la pasividad de un náufrago que espera en mitad del océano,
y se quedó dormido con una canción de los Rolling
que en ese momento sonaba en la sala.

-Nunca nadie hizo tanto por él, como aquel estudiante de Psicología
metido a camarero de fin de semana para pagarse la carrera-.