jueves, 9 de junio de 2011

Baladas heridas


Puedo ser payaso de ocasión
en tardes de amistades fingidas,
vagamundos sin llave de pensión,
perroflauta de baladas heridas.

Un marinero en tierra de lobos,
un yesterday* en Woodstock,
groupie, macarra, engañabobos
con camisetas de grupos de rock,

una moneda ahogándose en el Senna,
el vino de tu penúltima cena
purgando las mentiras del barquero.

En Madrid te enjuagaré con nieve,
en Cádiz seré tu risa más leve
y en Venecia, tu gondolero.

miércoles, 8 de junio de 2011

La Estatua de la Soledad


Quién eres tú
que moldeas mi figura
y no respondes de mis actos,
amontonando las migas de pan
de la noche anterior
para tu cena de por las mañanas,
novio de mi solead, tal vez,
hermano de mi melancolía, quizás.

Dime si respondes a las preguntas
en mi nombre,
si tu triste figura es la misma que la mía
si gimen los silencios
cuando te confundes con una siluita de mujer.
Si soy yo tras mi muerte
o es la muerte posando disfrazada
de la Estatua de la Soledad.

Tú que improvisa mis gestos
conspirando en la sombra,
oliendo a arcén y derrota,
bebiendo de los manantiales
secretos del agua,
velando mi cuerpo hasta que me quedo dormido
o me pierdo entre la gente
buscando la luz en tus ojos.
Dime porque permaneces impasible
en tardes como ésta,
porque no te rebelas contra el mundo
ni me consuelas cuando lloro,
aunque sólo tengas para calentarme
unas manos frías con alergia bajo las uñas,
una mirada de cartón,
una lata de amor en conservas
y un paraiso de mentira.

Herida sin sutura


Será que habito rodeado de gente
y sin nadie a mi alrededor,
dejando esta asignatura pendiente
para los septiembres del amor.

Y será por eso, mi soledad,
que no te encuentro tan limpia y pura,
ni necesitas la necesidad
de brotar de esta herida sin sutura.

Apágame la luz que quiero verte,
el verso que te dí en adopción
que nadie me lo reclame mañana.

Alguien que vendía por gramos la suerte
me dijo, tras darme tu dirección,
que te habías metido a lesbiana.

Nombres propios


Clara, Raquel, Amelia, Susana,
Cristina, Soraya, Esther, María,
Silvia, Soledad, Marina, Aitana,
Ana, Ana Belén, Blanca, Lucía,

Paulita, Aurora, Carmen, Sandra,
Julia, Arantxa, Rocío, Mar,
Noelia, Laura, Mónica, Alejandra,
Miriam, Minerva, Rosa, Pilar,

Lola, Alba, Ángela, Elena, Sara,
Marta, Patricia, Teresa, Tamara…
Mujeres entre todas las mujeres

que en este muñequito de vudú
clavaron, infectados con champú,
por cada nombre cinco alfileres.

Madre


Cuando muera -que no lo haré nunca-
llevadles este racimo de versos a mi madre,
cuando, aún, su tinta esté caliente,
y el polen os manche los dedos
con mentiras drogadas de verdades.

Llevadlo hasta los pies de su cama
para que adivine mi olor
en el dolor de sus metáforas,
para que sepa que, en ocasiones, fui feliz
y que derramé demasiadas lágrimas.
Que el mundo corría más despacio
porque yo andaba más deprisa.

Que no dormía por las noches
para poder soñar durante el día,
que amé y fui amado,
que fui cobarde, maldito, solitario,
que yo mismo me asesiné por la espalda.

Que canté cuando no sabía qué decir
y callé antes de decir lo que sabía,
que bailé con la más guapa,
que le puse los cuernos a la luna
con una tal Isabel.

Cuando muera -que lo haré en cuanto pueda-
que nadie avive las hogueras
con el aceite de mis escritos,
que no los redacten en las tapias del cementerio,
ni sirvan de pretexto cuando no me acuerde de ti.

Tan sólo llevad, hasta los pies de su cama,
este testamento escrito en verso
por mis musas más prohibidas,
para que sepa que en ocasiones fui feliz,
que encontré la bondad que en la barra del bar
no te pide la cuenta,
que fui bohemio, solitario, cobarde,
que amé y fui amado,
para que adivine mi olor…
Madre.

Verónica


Como un toro herido, indultado
tras bailarle las olas a Morante,
camino en el murmullo varado
con la derrota de acompañante.

Como un toro herido de pecado,
citado a muerte –Avenida del Dante-
volví a las alcobas acobardado
con pasaporte de principiante.

Comencé a vivir los años perdidos,
puse acordes a cantos de sirena
y escribí con sangre de los vencidos,

embistiéndole a espadas de arcilla,
escarbando tu nombre en la arena
tras la verónica de un maletilla.