lunes, 19 de septiembre de 2011

Calabazas y calabozos


Destapé el placer en el asiento de un coche,
le di una capa a estas ojeras desconchadas.
En mis rodillas se volvió a morir la noche
malvendiendo mi salud por cuatro caladas.

Con palomas de incienso de estiércol desabrido
bendije este pespunte de sangre y alfileres.
Hubiera pactado tablas con el olvido
si no me vengara el azar de tus crupieres.

Cuántos beatos opositan a tu ombligo,
quemando lunas de calabazas y calabozos,
qué importa, amor, no envejecer contigo
si, juntos, rompimos la juventud a trozos.

Cuántos labios cerrados alternan tus besos
sin la amarga lluvia de saliva ácida,
para qué encalar las caries de estos huesos
si tus pupilas ya no lloran sobre mi lápida.

No confecciones trajes de poeta maldito
con estas señales de humo escritas en verso;
borra los tatuajes del cuerpo del delito
que yo prenderé de girasoles nuestro universo.

lunes, 5 de septiembre de 2011

Caminos de regreso



No guardo las conversaciones,
ni prueba alguna de nuestros encuentros,
ni mensajes de voz dentro de una caracola;
ni pañuelos de despedida,
ni caminos de regreso.

Ni a mí me sobraban las ganas,
ni a ti te faltaron razones
para tener y olvidar,
y olvidar para seguir viviendo,
para tropezar seis veces en la misma piedra
y curarnos los últimos retazos de acné juvenil
que aquellos años nos salpicaron en la espalda.

Y por no guardar,
no te guardo ni rencor,
ni los despertadores tiritando a las ocho,
ni los gemidos que te dejaste en el tintero,
ni los pasos de cebra que cruzábamos con el pie cambiado,
ni las pieles de cordero
que me vendiste a cuatro besos el metro.

Y no los guardo, porque los guardo en ti.
En los bajos fondos de tu bolso,
en las palabras que te guardas,
en tus noches laborables y mis días en vela.

Y por guardar, sólo guardé silencios.
Me llené con ellos los bolsillos
y esparcí sus sombras por la orilla de La Victoria.
Y le recité a los gatos mi repertorio,
y me puse, de nuevo, en venta a los pies de una barra.
Y vendimié los pezones
de la primera que cruzó conmigo los pasos de cebra
que cruzábamos con el pie cambiado…

Para qué guardarlo, si después lo pierdo contigo.

domingo, 4 de septiembre de 2011

Latidos y pudores



Descosimos las fronteras de la cama,
acentuamos las sílabas de orgasmos
en el penúltimo eco de la última vocal,
caímos, resucitamos…
nos desenterramos de las sienes los inviernos,
volvimos a caer…
las amapolas se adelantaron a la primavera
e hicimos nuestras las sábanas
que esperaban con olor a otras personas.
  
Me bebí de tus ojos los orines
en un amago por vengarme de amores no correspondidos
y derramé mi copa en tus labios
hasta que las llagas hicieron el resto en tus pezones.

Y soñamos despiertos, porque dormimos desnudos,
hasta que los ladridos de la mañana
dictaron sentencia entre esas cuatro paredes.
Y, desarmados al amor de latidos y pudores,
nos contábamos los defectos
que ayer nos importaron un carajo.
Y callamos antes de que la pasión perdiera su acento
Y nos miramos por última vez,
antes de que volviéramos cada uno a sus asuntos.
Y le canté a tu ombligo,
y me vestiste de poeta,
y te perdiste calle abajo...
Y volvimos a caer.

lunes, 22 de agosto de 2011

Con los ojos cargados de venas


La Palabra es una mujer
que en silencio no es nadie,
y a gritos puede ser todas las cosas.
En las conversaciones pasa desapercibida,
siempre posa con la misma figura
y se va con el primero que abre la boca.

Pierde la inocencia en su primera noche
y se viste de valiente en las cuerdas del vino.
Siempre te expurga las sienes
si tienes una sonrisa que llevarse a la boca.

Para mí no es nadie, nadie más que ella...

No entiende de horarios,
aunque a la luna le hable de tú.
Es política, libre y mercenaria,
de escotes desconchados y orgasmo difícil,
de aliento caliente y lengua rota.

Cada noche,
cada noche que ella se deja,
le infecto con tinta las lindes del clítoris
hasta poder susurrarla al infinito,
o masticarla cuando, aún, es esqueleto.
Siempre llama a mi puerta con los ojos cargados de venas
para resguardarse de amantes indiscretos.
Hoy la tengo aqui conmigo,
quitándome el cigarrillo de después
y preguntándome qué significa esta metáfora.
Porque en silencio no era Nadie,
y tendida en mis labios
podía llegar a serlo Todo.

jueves, 9 de junio de 2011

Baladas heridas


Puedo ser payaso de ocasión
en tardes de amistades fingidas,
vagamundos sin llave de pensión,
perroflauta de baladas heridas.

Un marinero en tierra de lobos,
un yesterday* en Woodstock,
groupie, macarra, engañabobos
con camisetas de grupos de rock,

una moneda ahogándose en el Senna,
el vino de tu penúltima cena
purgando las mentiras del barquero.

En Madrid te enjuagaré con nieve,
en Cádiz seré tu risa más leve
y en Venecia, tu gondolero.

miércoles, 8 de junio de 2011

La Estatua de la Soledad


Quién eres tú
que moldeas mi figura
y no respondes de mis actos,
amontonando las migas de pan
de la noche anterior
para tu cena de por las mañanas,
novio de mi solead, tal vez,
hermano de mi melancolía, quizás.

Dime si respondes a las preguntas
en mi nombre,
si tu triste figura es la misma que la mía
si gimen los silencios
cuando te confundes con una siluita de mujer.
Si soy yo tras mi muerte
o es la muerte posando disfrazada
de la Estatua de la Soledad.

Tú que improvisa mis gestos
conspirando en la sombra,
oliendo a arcén y derrota,
bebiendo de los manantiales
secretos del agua,
velando mi cuerpo hasta que me quedo dormido
o me pierdo entre la gente
buscando la luz en tus ojos.
Dime porque permaneces impasible
en tardes como ésta,
porque no te rebelas contra el mundo
ni me consuelas cuando lloro,
aunque sólo tengas para calentarme
unas manos frías con alergia bajo las uñas,
una mirada de cartón,
una lata de amor en conservas
y un paraiso de mentira.

Herida sin sutura


Será que habito rodeado de gente
y sin nadie a mi alrededor,
dejando esta asignatura pendiente
para los septiembres del amor.

Y será por eso, mi soledad,
que no te encuentro tan limpia y pura,
ni necesitas la necesidad
de brotar de esta herida sin sutura.

Apágame la luz que quiero verte,
el verso que te dí en adopción
que nadie me lo reclame mañana.

Alguien que vendía por gramos la suerte
me dijo, tras darme tu dirección,
que te habías metido a lesbiana.

Nombres propios


Clara, Raquel, Amelia, Susana,
Cristina, Soraya, Esther, María,
Silvia, Soledad, Marina, Aitana,
Ana, Ana Belén, Blanca, Lucía,

Paulita, Aurora, Carmen, Sandra,
Julia, Arantxa, Rocío, Mar,
Noelia, Laura, Mónica, Alejandra,
Miriam, Minerva, Rosa, Pilar,

Lola, Alba, Ángela, Elena, Sara,
Marta, Patricia, Teresa, Tamara…
Mujeres entre todas las mujeres

que en este muñequito de vudú
clavaron, infectados con champú,
por cada nombre cinco alfileres.

Madre


Cuando muera -que no lo haré nunca-
llevadles este racimo de versos a mi madre,
cuando, aún, su tinta esté caliente,
y el polen os manche los dedos
con mentiras drogadas de verdades.

Llevadlo hasta los pies de su cama
para que adivine mi olor
en el dolor de sus metáforas,
para que sepa que, en ocasiones, fui feliz
y que derramé demasiadas lágrimas.
Que el mundo corría más despacio
porque yo andaba más deprisa.

Que no dormía por las noches
para poder soñar durante el día,
que amé y fui amado,
que fui cobarde, maldito, solitario,
que yo mismo me asesiné por la espalda.

Que canté cuando no sabía qué decir
y callé antes de decir lo que sabía,
que bailé con la más guapa,
que le puse los cuernos a la luna
con una tal Isabel.

Cuando muera -que lo haré en cuanto pueda-
que nadie avive las hogueras
con el aceite de mis escritos,
que no los redacten en las tapias del cementerio,
ni sirvan de pretexto cuando no me acuerde de ti.

Tan sólo llevad, hasta los pies de su cama,
este testamento escrito en verso
por mis musas más prohibidas,
para que sepa que en ocasiones fui feliz,
que encontré la bondad que en la barra del bar
no te pide la cuenta,
que fui bohemio, solitario, cobarde,
que amé y fui amado,
para que adivine mi olor…
Madre.

Verónica


Como un toro herido, indultado
tras bailarle las olas a Morante,
camino en el murmullo varado
con la derrota de acompañante.

Como un toro herido de pecado,
citado a muerte –Avenida del Dante-
volví a las alcobas acobardado
con pasaporte de principiante.

Comencé a vivir los años perdidos,
puse acordes a cantos de sirena
y escribí con sangre de los vencidos,

embistiéndole a espadas de arcilla,
escarbando tu nombre en la arena
tras la verónica de un maletilla.

viernes, 27 de mayo de 2011

Purgatorio


Cantando himnos de patrias olvidadas
me hice poeta de sombrero y pitillos,
mientras la luna, rota a pedradas,
jugaba a envenenar cigarrillos.

Me quemé con los grados del alcohol,
me enjuagué con pólvora los dientes,
bajo la cama esperaba el sol,
sobre ella, afloraban cuentas pendientes.

Si. Lo hice. No me arrepiento,
quise perder la noción del viento
a soplar velas de velatorio.

Tan sólo iba buscando a Rimbaud;
vivirlos en vida, para que no
me lo contaran en el Purgatorio.

jueves, 19 de mayo de 2011

Noches de bohemia



Subía a los columpios de la luna,
me batía con las musas en orgía
y no atesoraba más fortuna
que un par de versos dentro de una alcancía.

Versos que ladraban en esperanto,
anémicos de principios maniqueos.
Regando las flores del camposanto
donde escoran pedantes y ateos.

Por el atajo a la imaginación,
hoy existen controles de alcoholemia
que drenan con realidades mi canción.

Y llegó mi musa más abstemia,
desvirgando a la inspiración,
desgravando mis noches de bohemia.

miércoles, 18 de mayo de 2011

Musa



Mi ruleta rusa,
mi excusa,
mi anacrusa
mi inclusa
mi blusa
mi confusa
mi difusa
mi reclusa
mi medusa.

Mi montaña rusa.
mi fusa
mi semifusa
mi obtusa
mi hipotenusa
mi inconclusa...
Mi MuSa.

Adjetivos

Hace meses que no escribo,
que no insemino los vientres del papel
con mis insomnios y tus lamentos,
pero tengo desde hace tiempo
dos adjetivos
que vienen infectándome las llagas con saliva
y que no paran de bailarme en las pupilas.

Uno te lo dije ayer, mientras dormías,
el otro, te lo diré mañana,
mientras deshacemos el amor.

De orgullo e indiferencia

Un racimo de espigas de trigo
Derrama en tus hombros la primavera.
Se escuchan pasos desde tu postigo,
Ya viene el sol incendiando la escalera.

Abona con sangre de tus enseres
las lindes de ese papel de fumar
y con incienso los atardeceres,
por si la noche te pasa a buscar.

Cuando los síndromes de abstinencia
se hagan fuerte en tus ojos, amarra
a los disidentes de tu habitación.

Padecía de orgullo e indiferencia
cuando, a solas, me dejó su guitarra
para que le afinara el corazón.

Pecados veniales


Apuntes de tercero sin latido,
ceniceros ahogados en ceniza,
làpices, llaves, un alma postiza,
un condón que quiso ser gemido,

papeles de arroz, unas ojeras
que habitan en forma de desvelo,
cinco versos con los pies en el cielo,
que rebosaron de las papeleras,

el olor de tres pecados veniales
que no supe arrebatarles la vida
a la orilla del confesionario...

Perdonen. Fueron trazos estivales.
Sólo abrí el cajón. Cerré una herida,
y me puse a hacer inventario.

domingo, 8 de mayo de 2011

Anillos de humo



Aún se sostenían
los últimos anillos de humo
del cigarrillo que estrellé
en el cenicero, cuando,
cojiendo su abrigo y mis preguntas,
se levantó.
Salimos a los brazos del invierno
sorteando las mesas
de la cafetería.
-¿Nos dejamos algo?-dijo
mientras volvía la cabeza.
-Sí, pero tranquila,
nada importante.- le respondí.
-Sólo dejas
una sonrisa sostenida,
las huellas dactilares
de tus labios impresos
en la taza de café
desbordado.
Yo, dos secretos,
mil y una historias
cosida con tus ojos
y que aún no te he contado...
Tranquila, nada importante.
sólo se quedan
siete besos huérfanos
y encendidos
desangrándose
entre los anillos de humo,
sin patria ni pasaporte,
y que nadie reclama
como suyos.

Predicado

Te nombré Noche,
entre todas mis noches.
Te convertí en poema,
guitarra y desvelo.

El predicado que mancha
los baberos a mis oraciones.
El verbo de mis preguntas,
la duda en tus respuestas.

Decapité al cuervo
que levitaba encima del televisor,
y despellejé el murmullo de la calle
hasta hacerlo pasar por un adverbio de tiempo
donde refugiarnos de la tormenta.

Ahora sólo nos queda
esperar que nos lluevan ranas desde los tejados,
arrancarle a mordiscos las teclas al ordenador.
Y caminar como bandidos.
Y llorar como ballenas.
Y pecar como cosacos.

Hazme saber de tí


Hazme saber de tí
cuando tengas el corazón sin cobertura,
cuando confundas la televisión con una amiga.
Cuando sólo seas fotografía,
y sueñes despierta,
y ames a oscuras.

Hazme saber de tí
cuando te encierres en tu habitación
y dejes fuera
la privamera del mundo ladrando tras la ventana.
Cuando cantes, cuando llores,
cuando te pierdas por los pasillos del supermercado.
Cuando de tí no sepan ni tus manos.

Hazme saber de tí,
                        te necesito.
Hazme saber de tí,
                        te quiero.

Hazme saber de mí.

Besos apócrifos

Mi pánico a tu miedo,
tus senos de luna nueva,
mis heridas abiertas,
mi cartera vacía,
las auroras que fraguaron
los besos apócrifos
que tiraron por tierra
tus tristezas y mis utopías.

Mi salitre de marino,
tu tatuaje de amante
de corsarios,
mi mar abierto,
el incendio de las naves
que atracaban tras los armarios
olvidando a una mujer
en cada puerto.

Mi resaca de lunes
la escarcha de tu copa,
mi cordón suelto,
mi asignatura pendiente,
las llamas que tostaron
las heridas de Peter Pan.
Mi todo vale,
tu nada es suficiente.

Mi pan para hoy,
Tu hambre para mañana
Mis poetas simbolistas,
Tus compañeros de cama,
Tu quince de enero,
La letra pequeña
Del contrato.
Mi tabaco de liar,
la sombra de mi sombrero.

Mi cara de sapo,
tus príncipes azules,
tu muñequita de trapo,
mi barba de tres días,
tu blusa de El Corte Inglés,
las malditas letanías
que se escriben
con las bondades de Caín
y las torpezas de Abel

Sin noticias desde el infinito

Esta noche
la marihuana viene más dulce que la de ayer.
Las nubes van en sentido contrario al viento.
Hace calor. Tengo frío.
A veces le tengo más miedo al silencio que a la muerte.
Unas veces cuando estoy contigo,
otras muchas cuando tú ya te has ido.

Pero sigo vivo. Sin noticias desde el purgatorio.
Los astros no pudieron conmigo.

Los ladridos de los perros deambulan por los tejados
advirtiendo la llegada del fin del mundo
y las sombras de dos cadáveres
juegan con la mía a la guerra.
Esta noche la ciudad parece edificada sobre un cementerio.

He afilado los lápices hasta herirles las encías
a los icebergs de la memoria,
pero no consigo hacerla sangrar,
quemé todos mis diccionarios y sigo siendo un cualquiera.

Sólo quería que supieses que estoy donde me dejaste,
si acaso necesitas un abrigo de palabras desbaratadas
cuando te vendas por debajo de tu valor de cotización
o te desvelen los ronquidos del camión de la basura,
agarrado a la panza de una caravana de nubes
que me lleva en sentido contrario a las agujas del reloj.

Que tengo los labios heridos por anzuelos,
que los astros no pudieron conmigo.
Que se me olvidó ser hijo, para saber ser padre.

Y que esta noche es estupenda para compartir esta hierba contigo.

Tengo algo que decirte


Tengo que decirte algo,
antes de que den las doce
y el gallo cante tres veces,
antes de que tus silencios digan más
que palabras gastadas de mi boca.
Ven. Camina despacio.
Te desenredaré las pestañas.
Te asediaré el corazón a versos
para releer El Quijote 
en el lenguaje de ciegos 

sobre los manteles manchados de vino tu piel.



Tengo algo que contarte,
antes de que pongas en mi boca
lo que mis manos dijeron en tu cuerpo.
No me esperes despierta,
que volveré cuando ya te hayas despertado.
Y si no he vuelto,
no busques mi nombre en las páginas de sucesos,
ni llames a la policía,
-sabes que nunca me llevé bien con ellos-.

Déjame una tarde como ésta
descongelándose junto al microondas.
Y acércate. Camina descalza.
Báilame el agua,
córtame el pelo,
espérame en la esquina
sintonizando los atardeceres pendientes,
antes de que den las doce
y el gallo cante tres veces.

Vuelve a decírmelo de nuevo

Vuelve a decírmelo de nuevo,
una vez más,
ahora que me besas sin que te lo pida
y no oyen las paredes.

Al oído, susurrando,
en minúsculas, si lo prefieres,
pero dímelo de nuevo,
aunque por las mañanas
nunca mientas
y los otoños te adelanten
por el pasillo.

Pero vuelve a decírmelo,
igual que ayer,
más deprisa que mañana,
o escríbelo en la espalda
de la factura del teléfono,
que no te correjiré
las faltas de ortografía.

Dame un porqué,
acuéstame con un mañana,
abrígate, que me muero de frío,
ayúname antes de que se enfríe el silencio
en el café de las nueve y media,
acuérdate de tí,
y vuelve a decírmelo de nuevo,
una vez más...

Este verso me lo robaron ayer


Este verso me lo robaron ayer,
trenzado lo dejé a las crines de otros muchos
en los márgenes de la tarde,
pero quisieron sólo éste.

Me lo robaron,
mientras le inventaba una historia
que me calentara la cama
y las conversaciones
pasaban de largo tras la ventana.
Lo amordazaron, lo interrogaron,
lo abrieron en canal
buscando el cuerpo del delito,
porque atentaba contra el futuro
y dormía con los ojos abiertos.

La última vez que lo vieron
portaba un corpiño cosido a metáforas,
esparciendo recuerdos de ceniza
por los márgenes de septiembre.

Este verso me lo robaron ayer
bailando lo dejé a los acordes
de otros tantos,
pero tú quisiste sólo éste.

Letanías

Si tuvieran corazón los corazones para saber…

Cuántos latidos caben un suspiro,
Cuántas lunas divisé en tus pupilas,
Cuántas ojeras crepusculares de domingo,
Cuántas llaves abrieron tu casa y la mía.

Cuántos besos perdidos en mis labios
Cuántos pulsos ganados por la envidia,
Cuántas primaveras marchitas en el armario
Cuántos calvarios por este amor que no se arrodilla.


Si tuvieran razón las razones para comprender…

Cuántas mañanas a solas con mi almohada,
Cuántas miradas que reflejan lo que esconden,
Cuántos tumores durmieron entre las sábanas,
Cuántas despedidas vividas en las estaciones.

Cuántos años del brazo de la melancolía,
Cuántos orgasmos malgasté con mis manos,
Cuántas naves -Niña, Pinta y Santa María-,
Cuántas guerras civiles en tu cuerpo batallaron.

Si tuvieran alma los almanaques para medir…

Cuántas Yugoslavias ajadas en el mundo,
Cuántos acordes que clamaban tu nombre,
Cuántas respuestas con un no rotundo,
Cuántas mentiras vestidas de reproches.

Cuántos trashumantes perdidos en tu falda,
Cuántos mañanas menguantes de luna,
Cuántas cicatrices maquillas en tu cara,
Cuánta tinta malgastada por esta pluma.

Si tuvieran corazón los corazones,
alma los almanaques
y razón las razones...

De qué vale la razón
cuando los almanaques dilapidan
el alma de los corazones.

Te convido

Te convido
a la insurrección marchita de mi alma,
a que me pierdas el respeto.
A que me sacudas por las solapas de mi timidez.
A saltarnos los controles de velocidad
que existan de tu casa a la mía
y atropellar al deseo en la última esquina de la cama,
en esta noche de calles frías y corazones oscuros.

Yo te convido
a encalar de sudor las cornisas
de la espalda del infinito.
A el todo y la nada,
a los abismos de mi noche
y a las tinieblas de tu habitación,
que el frío me tiene las arterias rotas por el calor,
y duermen ya demasiados clinex
atestados de semen bajo la cama.

Yo te convido, amor mío,
a un amago de rebeldía a sangre y fuego,
 a que te alistes a las filas
de esta revolución de los claveles
y deshuesar el tiempo en latidos,
en esta noche de lunas frías
y callejones oscuros,
patria de actos impuros,
orilla del paraíso.

El zaguán de tus dudas

Cuando el silencio haga con sus aullidos
estallar los cristales de tu falda
y alumbren mi nombre los apellidos
que hacen de mi patria tu espalda.

Cuando se adivinen temblorosas
lágrimas arañando unas mejillas
y perfumen mis sábanas las rosas
que marchitan tus fotos amarillas,

en vez de hielo en tu copa de ron,
cuando silbe el viento palabras mudas,
vierte una esquina de mi corazón.

No alquiles más esperanzas desnudas
que, en silencio, entre canción y canción,
te esperaré en el zaguán de tus dudas.

Actos impuros

Se vistieron de besos furtivos
los añiles zócalos de la aurora
y con aceite de preservativos
encalamos gemidos a deshora.

Palpitaban las ascuas en tus ojos
cuando, huéspedes de actos impuros,
fuimos recorriendo rastrojos
e incendiando callejones oscuros.

Vagó mi alma vencida y transhumante
por los senderos de luna menguante
en la corteza de tu corazón,

cuando, entre clases de economía,
con tus ansias y mi melancolía,
juntos, caímos en la tentación.

Princesa de analfabetos

Déjame que ejerza en esta letanía
de poeta -con erre intercalada-,
vengarle el costo a tu melancolía
para así exiliarme a tu madrugada.

Resucité, lloraste, nos fumamos;
y cantando perdimos la decencia.
¿Cuántos continentes juntos fundamos
en cada vaso, en cada confidencia?

Hoy te entrego mi tinta perfumada,
como princesa de analfabetos,
como el semen con que fuiste abonada.

Tus ojos hilvanaron mis sonetos,
y tu hombro marchito fue la almohada
donde lagrimearon mis secretos.


Tequilas y Tequieros

Ayer me atracó el azar contando
estrellas fugaces en tus pupilas,
las mismas que encharcaron los tequilas
que juntos estrellábamos brindando.

Tus pestañas arañan el viento
como un vuelo de guadañas aguerridas,
tus noches cicatrizan mis heridas
en la aduana del sexto mandamiento.

Tu cama deshecha al alba, mi edad,
las manchas calladas de tu sudario,
tu risa, mi desvelo, tu bondad...

No soples más velas de aniversario,
que en mi vientre duermen en soledad
tus suspiros dentro de un escapulario.

Porque lloraba mientras hacía el amor

Porque lloraba mientras hacía el amor,
cavando lo vieron con su azada
un surco que regaba con sudor
-negra trinchera de tierra quemada-.

Porque mientras hacía el amor lloraba,
barnizó con esperanzas su ataúd
a orillas de un ciprés donde aullaba
la muerte a lomos de un alud.

Reunió a su musa, a tres motivos,
a siete excusas de despedida.
Constando en un epitafio altivo

los dos versos de una misma herida:
-"...Y resucité de entre los vivos
para vivir la muerte de la vida"-.

Como dos forasteros


Cosechaba fracasos cada mediodía,
ayunaba de besos verdaderos,
mientras nos delataban por herejía
como se delata a dos forasteros.

Presígnate, cuando a los pies te arrojes
de este jacobino revolucionario;
con un ayer robado por relojes
y una amante esperando en el armario.

Preñando mis botellas con mensajes,
me adivinaron los siete mares
deshollando la cama en la que amé.

Te ven marchita, sufriendo abordajes
desde que dejé mis huellas dactilares
impresas a fuego en tu punto G.

Las cuerdas del abecedario

Templé las cuerdas del abecedario,
buscando en los libros la compañía
de un amor vigía y portuario,
carne de perro, corazón de sandía.

Salvando esta madeja de versos
de las fieras lenguas de tu hoguera,
porque destila tinta de conversos,
porque de la historia es heredera.

Ahogando cigarrillos sin memoria,
buscándote en cada verso e historia,
recordando esas noches sin pudor,

cuando, sobre esos mismos versos,
nadaban nuestros cuerpos inmersos
destilando su tinta con sudor.

Mercado de pretendientes

Avivando el fuego agonizante
que tizna las vigas de recuerdos,
me aventuré a lomos de un Rocinante
cabalgando entre locuras de cuerdos.

Con cara de no haber roto un plato,
aunque sí, algún hímen virginal.
Mis manos sellaron con algún trato
mi presidio entre medias de cristal.

Desgrané corazones insolventes
calculándole el beneficio neto
a palabras de honor adolescentes.

Y sin ínfulas de hombre-objeto,
en el mercado de pretendientes,
este corazón se siente obsoleto.

Velas desveladas

Veinticinco velas desveladas
resbalan, calle abajo, ante mis ojos,
en mis pupilas ahondan sus espadas
segando mi isquemia y tus antojos.

Veinticinco velas desheredadas
se vienen consumiendo en melancolía.
-Este mundo no es un cuento de hadas-
el murmullo del silencio, respondía.

Entintaba de rabia un pergamino,
cuando se me cruzó la muerte
ofreciéndome su amistad.

Enseñándome a vivir, a leer el vino
y a brindar, prendiendo con aguafuerte,
los aniversarios en soledad.

Rendición sin condiciones


Nada sabía de anillos deslucidos
por la sombra de ojos del engaño,
de viernes de ceniza sin cumpleaños
-humo de estaño y deseos heridos-.

Nada sabía de nudos marineros
tensando las cuerdas a mi garganta,
de manos enlutadas que amamanta
la savia arcana de mis tinteros,

de insomnios que duermen en el zaguán
donde espera un aprendiz de Don Juan,
de estacas descosiendo corazones.

Nada sabía de furias, fe, dolor...
hasta que supe que el desamor
era una rendición sin condiciones.